Ya con el curso, Huevs y yo sentÃamos que el mundo era nuestro, asà que nos lanzamos a buscar a nuestro nuevo proveedor, y según nuestros instintos, la zona rosa era el lugar ideal para encontrarlo.
Y ahà vamos, dos mocosas con escasos conocimientos sobre el tema, pero que creÃan poseer casi casi la piedra filosofal. Entramos a muchos establecimientos, y usamos la misma técnica de la vez anterior, pero no contábamos con que en esa zona, las boobs no tienen el mismo efecto que en un lugar heterosexual, asà que nuestro plan se estaba viniendo abajo, hasta que encontramos un lugar atendido por una mujer, y después de negociar con Huevs, aceptó aplicarle el plan a la chavita y pude yo discretamente obtener unas 3 direcciones.
Dos eran en Monterrey, y la otra en Iztacalco, delegación de la cual, solamente habÃamos oido hablar cuando nos enseñaban la división polÃtica del D.F. en la primaria, pero aún asà decidimos no dejarnos vencer por los territorios desconocidos, Huevs le habló a un amigo para “protegernos” y cuando fuimos a recoger al fulano me di cuenta que hubiera sido más egectivo un french poodle, pero las intenciones del enclenque muchachón eran buenas, tons aceptamos treparlo a la troca y lo hicimos reir con nuestras pendejadas.
Y ahà vamos, los tres, nos perdimos 36 horas, por fin, decidimos pedirle ayuda a una patrulla, que nos indicó que debÃamos seguir el metro aereo pa´llegar, (esa fue la primera vez que yo me enteré que existÃa un metro aereo) y lo seguimos y a las mil llegamos a una calle desolada, con chamacos que vigilaban su banqueta, como perros protegiendo su territorio, ningún lugar se veÃa como el primer lugar al que fuimos, no habÃa ni rastros de la imagen del éxito que nos habÃa vendido nuestro primer proveedor, ningún edificio imponente, ningún guardia de seguridad, nisiquiera un letrero, nos dio miedo bajarnos, pero ya estábamos ahÃ, ¿Qué podÃamos perder?
Y tocamos en el portón oxidado, Huevs yo y nuestro protector, nos abrÃo una gorda mujer con desconfianza, entonces pensamos ¡Ya valió madres! pero no, a los 5 minutos nos abrió una orda de sujetos que nos miraban inquisidoramente, nos hicieron pasar recelosos, y nos sentaron en una mesa redonda rodeada de penes y artefactos de colores. a continiación todos desaparecieron dejándonos un plaón con dulces en forma de pene pa´que nos entretuvieramos.
El salón de junto, ostentaba un escritorio enorme con figuras doradas que enmarcaban a la perfeccióna un hombresote de esos que a huevo trabajaron en fuera de la ley por lo menos la mitad de su vida. Nosotros no dijimos nada y nos limitamos a comentarle al wey que nos atendió nuestros sueños guajiros, él nos entendió perfectamente y nos llevó a conocer sus bodegas.
Metros y metros oscuros y escondidos repletos de juguetes del piso al techo, cada paso que dábamos descubrÃamos un pasillo más, unos llenos de luguetes, y otros de sustancias que en mi infancia me provocaban terror gracias a las leyendas urbanas.
Nos dijo que tenÃamos que comprar $5,000 varos pa´que nos diera precio y aquello nos pareció muy bien, al dÃa siguiente regresamos con el dinero, y el sacó un carrito en el que Huevs y yo fuimo introduciendo (con la cuidadosa asesorÃa del wey) los artÃculos que nos servirÃan para darnos a conocer.
Ya después de caida la lana, salieron de entre los pasillos, chingos de seres todos igualitos, y empezaron a empaquetar, cobrar, oferecrnos agua, comida y sustento, desde la abuelita, hasta el bebé trabajaban en esa red perfectamente organizada, de los que ahora sabÃamos, habÃan pertenecido al mercado negro de la ponografÃa tepiteña cuando ese mercado empezó hace chingomil años, después se volvieron comerciantes establecidos de juguetes sexuales, y eran nada más y nada menos los que le partÃan su mandarina en gajos a los mismÃsimos weyes representantes del éxito que nos habÃan impartido cursos y madre y media.
Eran enemigos acérrimos, se odiaban a muerte y con justa razón, todo el dinero que los otros weyes empleaban en mantener la imagen del éxito y pagar a sus empleados uniformados, estos weyes lo usaban pa´bajar los precios hasta dejarlos muuucho más abajo que los otros pobre weyes, y ahà fue cuando entré al mundo del espionaje industrial (pero esa ya es otra historia)
Huevs y yo salimos de ahà muy contentas con nuestra cajota, ya tenÃamos nuestras tarjetas de presentación y estábamos contruyendo nuestra página de internet, sólo nos faltaba vender, y hacernos expertas en el área en cuestión, experiencia que adiquirirÃamos a base de esfuerzo y múltiples visitas a la llamada PLAZA DEL SEXO